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Javier Delgado

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17 de mayo de 2016

"¡Quién me iba a decir que algún día este formidable castillo, tan frecuentado durante mi infancia campillana llegaría a convertirse en la Torre de la Alegría! ¿Cómo podíamos soñar los muchachos de entonces que nuestro compañero de juegos Jesús Casado, ya fallecido, iba a ser el "alarife" que reconstruyera y restaurara el arruinado Castillo de Zafra, hasta hacerle recuperar la prestancia y gallardía que ahora tiene? Gracias, Jesús, porque tú has sido gestor, casi ignorado, de esta maravilla que ahora luce y se exhibe ante millones de espectadores para propalar el nombre de nuestro pueblito querido, Campillo de Dueñas, hacia los cuatro puntos cardinales del ancho mundo. Y mucho menos podía yo sospechar que mi padre, D. Mariano Delgado, que tenía sus visos de poeta, fuera casi un adivino, de lo que ha filmado recientemente la serie Juego de Tronos, cuando compuso un largo poema - que conservo- a la memoria de un romance de amor ocurrido durante la época en que las luchas fronterizas entre moros y cristianos, tenían como marco el castillo de Zafra.  En fin un sueño de niño que se ha hecho realidad virtual, para mí.  Francisco Javier Delgado Calvo"

DRAMA DE AMOR EN EL CASTILLO DE ZAFRA

   Recordando a Severina Heredia.

   Hoy he leído, en Campillanos.com,  la nota necrológica de Severina Heredia. Al principio no caía en la cuenta de quién  sería. Luego, al terminar la lectura, se me han ido clarificando las ideas y la he identificado perfectamente. Su recuerdo me ha traído a la memoria algunas escenas de la vida de Campillo en mi primera infancia.
  Antes que nada, me uno a sus hijos -a los que conocí y traté cuando todos éramos chicos- para acompañarles en el dolor que les habrá producido su pérdida.
   Luego quiero expresar una vivencia que tengo de ella y  de su marido en una circunstancia que nunca se ha borrado de mi mente.
  Tendría yo a lo sumo cuatro años. Por lo tanto estamos hablando del año 1944, más concretamente del Carnaval de 1944. He de añadir, antes de continuar mi relato, que en Campillo se celebraban los carnavales y que nunca se interrumpieron, a pesar de que se decía que estaban prohibidos durante el franquismo. Los chiquillos lo disfrutábamos de lo lindo.
   Pues bien aquella tarde estaba yo en el entorno de Fuente de Abajo cuando vimos venir un tropel grande de gente que se acercaba a nosotros viniendo desde la Calle Mayor hacia el Antiguo Lavadero. El estruendo de cencerros y cadenas era tremendo. Desfilaban bailando grotescamente los diablos, las brujas y alguna que otra bella dama con sus caras tapadas unos,  tiznadas  o pintarrajeadas otros.
    A ellos se unía una caterva de muchachos que se acercaban a los danzantes intentando burlar sus amenazas y esquivando los golpes que simulaban propinarles con su tridentes  (horcas) y con alguna que otra vara de sauce flexible.
     A medida que toda la marabunta se acercaba a donde estaba,  me iba yo llenando de miedo, escondiéndome  donde podía para ver sin ser visto. De golpe y porrazo me vi delante de un enorme y feo diablo, al que le colgaban las cadenas por todos los lados.  Me quería coger para llevarme, por lo menos al infierno. O eso creía yo al menos.  Salí corriendo y llorando desesperadamente.
    Vino detrás de mí, me alcanzó, me asusté de tal forma que le quise arañar en la cara. Rehuyó él mi desesperado ataque y entonces apareció su compañera, que se debió compadecer de mi, quitándose la careta a la vez que me decía:
  ¬- Javier, no llores, no tengas miedo, soy Severina.
  Enseguida la reconocí y me cobijé a su lado. Me tranquilicé un poco y las lágrimas se convirtieron en risas. Más aún cuando el diablo se agachó hacia mi altura, se destapó la cara y pude comprobar que era… simplemente Joselito. Así llamábamos cariñosamente al marido de Severina.
     Vaya este recuerdo mío, cariñoso, para Severina, que siempre me ha acompañado, cada vez que por una circunstancia o por otra me he visto, he pensado o he hablado de esa fiesta tan popular: los Carnavales.

Soy campillano de nacimiento. Mis padres fueron maestros de Campillo. Mi madre (Dª Natividad Calvo) lo fue casi ininterrumpidamente (excepto dos años que ejerció en La Yunta, del 44 al 46) desde el año 1935 hasta el año 1962. Mi padre (D. Mariano Delgado) fue maestro de La Yunta desde el año 1935 hasta el año 1946 y de Campillo desde el año 1946 hasta el año 1962. En Campillo nacimos todos mis hermanos, menos Andrés, que nació en La Yunta. En Campillo están enterradas dos de mis hermanas: Soledad y Socorro. En Campillo viví, desde que vine al mundo hasta los diecisiete años. Antes de cumplirlos, estando aún en Campillo, surgió mi primer amor, que, como suele suceder en los pueblos, sólo unos pocos conocían. Entre los que lo sabían estaba mi amigo del alma Lorenzo Heredia  q. e. p. d. Luego empecé a faltar, de nuestro querido pueblo, cada vez  por espacios de tiempo más prolongados. Desde los 20 a los 27  viví  en Madrid, y, a partir de los 27,  en  América, concretamente  en el Perú. Allí estuve 15 años. Volví a España en 1982, me afinqué en Valencia y aquí sigo.
Conozco  bastantes países. He paseado el nombre de nuestro pueblo por distintas partes del mundo. Siempre con el noble orgullo que conlleva la pertenencia a la patria chica. Mi costumbre ha sido "presumir" de campillano. Por ejemplo, si he sido preguntado por mi origen o procedencia, he antepuesto el nombre de Campillo a todos los otros posibles. Me explico: Ante la pregunta "¿De dónde eres?", mi respuesta siempre ha sido rotunda, sin rodeos, ni timideces: "De Campillo de Dueñas". No he respondido "De España", ni "De Guadalajara", ni "De Molina de Aragón". No, no. La respuesta siempre ha sido "DE CAMPILLO DE DUEÑAS". Esa manera de contestar tiene la virtud de picar la curiosidad del preguntón, que generalmente vuelve a preguntar "¿Y dónde queda ese pueblo?". Lo que me da a mí la oportunidad de hablar un poco más extensamente de Campillo...
En Campillo viví, mi infancia y primera juventud. Allí, me bautizó D. Honorio Tarancón. Allí asistí a la escuela.  Allí jugué, con todas mis energías infantiles, que eran muchas, a todos los juegos que se practicaban, variados apasionantes: el Marro, la Dola, (Dola y media p'al que quiera), el Chirri Media Manga Manga Entera (Mangotero), Ladrones y Policías,(...Vale desde La Nevera hasta el Castillo) el Tango, el Tanguillo, la Tanga, los Cuartetes, ¡la Estornija!, el Frendis, el Guá, "Uvas traigo a vender, Jugalatero Real…", el Corro de la Patata, la Comba (más para chicas que para chicos)… Seguro que muchos más se quedan en el tintero.
Hacíamos trabucos de sauco, que tiraban balas de estopa. Sabíamos hacer las pelotas para jugar en el frontón (enormes los partidos y buenísimos los jugadores de pelota en los domingos y las fiestas) y forrarlas de piel de perro o de otros animales, cosa que era un arte. Antes de que volaran los cohetes espaciales, ya sabíamos nosotros lanzar al aire (¡cuidado!.. al espacio) un bote de tomate vacío, con un poco de carburo que nos daban algunos de los tres herreros que llegó a haber en Campillo (era todo un arte fabricar aquellos "cohetes", que como eran peligrosos llegaron a estar prohibidos).  Siendo un poco más mayor aprendí a tirar a la Barra. ¡Qué buenas partidas de Barra se jugaban en el tramo que iba desde el Lavadero, hasta el Puente! En la barra destacaban Elías, Eusebio, Feliciano, Segundo, Gerardo… y otros de los que recuerdo su cara pero he perdido su nombre, que me perdonen.
Aunque  la vida me fue alejando de mis raíces, poniendo miles de kilómetros de por medio entre mi lugar de residencia y mi lugar de nacimiento, no pudo disminuir, ni en un ápice, (al contrario fue en aumento) la morriña que siempre he sentido al recordar los parajes campillanos, recorridos tantas veces acompañando a algún agricultor, o buscando setas o nidos:  El Aguachar,  El Pradejón,  La Serrana, Vallejo Rodrigo, El Acirate, El Toconar, El Salobral, Llano del Mar, Cerro de la Cabeza, La Vega, Prado Marojal, Valdemaria (más bonito me resulta Val de María), Los Rebollejos, Cerro Santo, Arroyo Santo,  y tantos y tantos otros…Los Casares, El Tomillar, El Villarejo, La Tejera, La Tejería, Las Fuentezuelas… un mundo de sitios, todos tan entrañables.
Recuerdo una pequeña presa que había en la Rambla. La había hecho el  tío Silvestre, para regar su huerta. Nosotros le llamábamos el "Mar Muerto", porque era alargada. Allí, con tan escasas aguas como tenia, medio aprendíamos a nadar.  Algunas veces nos "pillaba" el dueño y como estábamos completamente desnudos no podíamos salir corriendo. ¡Qué situación! Lo malo era que luego se lo contaran a nuestros padres.  Aquella rambla ¡tenía peces!, que para un sitio como Campillo, tan lejos del mar, (¿Cómo sería el mar? Nos preguntábamos) eran toda una atracción. Hasta que no nos hacíamos un poco mayores no  podíamos ir solos a la Laguna Honda, que tenía tencas, y esos (los de la rambla) eran los únicos peces que conocíamos. Quiero decir peces vivos porque muertos se podían comprar en el Almacén (de Abajo o de Arriba) en forma de sardinas rancias.  Era todo un arte quitarles la piel, las escamas y las raspas, pero una vez limpias de todo eso no estaban tan malas. Algunos las asaban pero eso a mi no mi gustaba nada, nada...
Ya está bien por hoy. Otro día más. Tengo muchos "cuentos", (que no son cuentos sino historia) que contar. Un saludo cordial a mis paisanos campillanos. Javier Delgado


"La Agustinilla"
Una maestra especial


A lo largo de la vida cualquiera de nosotros se ha topado con personas singulares, de esas que le marcan a uno para siempre, bien sea para bien o para mal. Lo más frecuente es que esas personas a que me refiero,  tengan un algo especial, que las distingue del resto de los mortales. Generalmente esa influencia se debe a la posición que ocupan, como es el caso de nuestros padres, de algún familiar o allegado,  de algún amigo, quizás de un buen maestro,  y puede ser que  hasta de un determinado cura.
Pero existen otras personas anodinas, que ni tienen una posición relevante, ni destacan mayormente entre sus convecinos, ni parece que puedan aportar nada a nuestro desarrollo personal, ni humano. Son sencillas, no se dan importancia. En pocas palabras, pasan desapercibidas. Sin embargo, sin pretenderlo, o tal vez por eso mismo, se han instalado, para siempre, en nuestro recuerdo, por alguna razón casi, pero no del todo, inexplicable.
Hago todo este preámbulo por que cuando yo era muchacho, había en Campillo una mujer menuda, chiquitilla, de la cual ya no quedará  mucha memoria en el pueblo. Siempre iba solita, a todas partes. Casi nunca hablaba con la gente, parece como si rehuyera el trato con las demás personas.  
Estaba soltera y vivía en familia, con la de su hermano Aquilino, en la calle Mayor. Se  la veía, a veces, merodeando por los campos, recogiendo hierbas para los animales domésticos,  en la  misa los domingos, o en algunas otras raras ocasiones. A veces, cuando te cruzabas con ella, (yo era niño entonces) tenías la sensación de que te sonreía, pero, como no te hablaba, nunca sabías a qué carta quedarte. Era muy reservada. Lo cual le daba un aire un tanto misterioso que, en cierto modo infundía en mi mente infantil una especie de respeto mezclado con un cierto temor. A estas alturas de mi escrito ya se habrán dado cuenta de quien hablo ¿Verdad que sí? Pues claro, se trata de la tia Agustina. La Agustinilla se le llamaba,  yo creo  que cariñosamente.
Pero un día se rompió la barrera que nos separaba, a los muchachos, de ella. No recuerdo bien como fue. Sí recuerdo que  la encontramos cerca de la Virgen de la Soledad, y  alguien de la pandilla de niños que formábamos, seguramente porque ya debía saber algo de sus habilidades, le pidió que nos contara alguno de sus cuentos. Ella al principio se resistía, como si le diera vergüenza, e incluso inició una especie de tímida huída. Pero, ante nuestra insistencia, acabó sentándose en una piedra. La rodeamos y entonces, como si se tratara de  una aparición, comenzó a recitar, con una voz dulce y entonada:

Divino Antonio precioso,  
suplícale al Dios inmenso  
que, por tu gracia divina,  
alumbre mi entendimiento.
Para que mi lengua  
refiera el milagro,  
que en el huerto obraste.  
a  edad de ocho años…


No es cuestión de reproducir aquí, en su totalidad, el romance de "San Antonio y los pájaros", porque es un poco largo, pero sí incluiré aquí unos cuantos versos de él, que a mí me gustaba mucho escuchar de labios de Agustinilla. Se trata del momento en el que San Antonio, después de haber encerrado a los pájaros en una habitación de la casa para que no se comieran las cosechas, les manda salir en orden y ellos obedecen solícitos sus indicaciones:


…Vaya, pajaritos,  
ya podéis salir.
Salgan cigüeñas con orden  
águilas, grullas y garzas,  
gavilanes y avutardas,  
lechuzas, mochuelos, grajas.
Salgan las urracas,  
tórtolas, perdices,  
palomas, gorriones  
y las codornices.
Salga el cuco y el milano,  
burla-pastor y andarríos  
canarios y ruiseñores,  
tordos, gafarrón y mirlos.
Salgan verderones,  
y las cardelinas,  
y las cogujadas,

y las golondrinas.

Al instante que salieron  
todas juntitas se ponen,  
escuchando a San Antonio  
para ver lo que dispone….

La Agustinilla lo recitó entero, sin titubear y añadió  además el  de "El armonio de Villajuán. ¡Increible! ¡Aquella buena mujer recitando poesías! ¡Qué maravillosa sorpresa!


Desde aquel día la abordamos en sucesivas ocasiones y ella seguía instruyéndonos y deleitándonos, con otros romances y cuentos. Nunca he olvidado aquellas "clases" de Agustinilla, en pleno campo, bajo la sombra de "las olmas" en algunas ocasiones, otras veces bajo los chopos del "Alambique" o en la ribera del arroyo.

Sí, ya sé que esta persona de la que hoy he hablado  no era precisamente un gran personaje, de entre los muchos y afamados que ha producido Campillo. No pertenecía ni al clero, ni a la milicia, ni a la abogacía, no tenía más títulos que su humildad y sencillez. Podría parecer incluso que era insignificante. Pero, con sólo eso, contribuyó  de una manera mágica,  a que, al menos yo, descubriera el mundo de la poesía, lleno de encantos, de sorpresas y de maravillas. Aprendí, de memoria, algunas de esas composiciones, que ella nos recitaba  y las he llevado siempre conmigo a donde quiera que he ido, unidas inseparablemente a la memoria, al respeto y al afecto hacia La Agustinilla.



Bartolo


Todo un personaje.

Durante los años en que yo viví en Campillo, tenía una vaca preciosa. La verdad es que la cuidaba creo que hasta con cariño. Negra sí, pero con el pelo tirando a castaño brillante, reluciente. La vaca de Bartolo tenía fama de ser bonita desde que era ternera.  Supimos que estaba preñada. Bartolo, se lo contaba a todo el mundo, estaba feliz con su vaca y todo el pueblo lo sabía.
---Bartolo, ¿Ya te parió la vaca? Le preguntó un día, con "segunda" , don Balbino, un cura, descaradillo,  que hubo en Campillo allá por los años cuarenta y principios de los cincuenta del siglo pasado.  

--- ¡A mí me parió mi madre, señor cura!  Respóndió  Bartolo, a bote pronto, sin cortarse un pelo. Venía de casa de la tía Miguela, en la plaza. Sin detenerse, ante el cura, cruzó el puente sobre el arroyo y se metió en su casa de la Umbría. Parece que lo estoy viendo aún: el paso alegre, decidido, evidentemente ofendido por una broma tan burda, pero con un gesto digno y resuelto como si pensara: ¿Qué se habrá creído éste, que soy imbécil? O algo así.

Él era así: espontáneo, independiente, sin miramientos y sin inhibiciones. Naturalmente ingenioso. Naturalmente inteligente y desenvuelto. Nada importa que no supiera leer.  Era también imprevisible. Era Bartolo. Todo un personaje que ha dejado en Campillo un recuerdo perenne. Estoy seguro.

Regresaba un día  de la Sierra, de haber estado cuidando las  cabras. Venía contento, cargado con un animal a la espalda, no era una liebre, ni un conejo, que caben en un morral y pasan desapercibidos.  No era tampoco una  zorra; era un bicho, grandote, muy raro de ver.

--- ¿Qué has cazado, Bartolo? ¿Qué animal es ese que llevas a la espalda? Preguntábamos los chavales arremolinados a su alrededor.

---Es un tajugo, dijo Bartolo, orgulloso de su hazaña. (Hay que tener en cuenta que él no utilizaba la escopeta. Siempre cazaba a lazo).
Seguía andando, mientras la comitiva de niños que le acompañaba, engrosaba por momentos. Iba triunfante, feliz. Las mujeres salían a la puerta de la casas para ver a qué se debía el alboroto.

---Buena caza, Bartolo, le decían algunas. Otras simplemente miraban.
De ese modo, escoltado por una gran cantidad de muchachos, hizo su entrada triunfal.

Bartolo decía que el tajugo (tejón) era un animal de buena carne para comer. Algunos, en el pueblo no estaban de acuerdo  con eso, otros pensaban que sí que era comestible, sin ningún tipo de reservas. Él  lo desolló. Le sacó las vísceras. Lo dejó unas cuantas noches al fresco, para que se macerara un poco, y,  aunque nadie lo comprobó, Bartolo decía que poco a poco se lo había ido comiendo, frito o en guiso, y que estaba "mu rico". Era un hombre bastante libre y desinhibido. En contra de lo que suele pasar en los pueblos, lo que dijeran los demás le traía sin cuidado.
Apareció,  en otra ocasión, vestido con una especie de túnica que llegaba hasta los pies. Él mismo se la había confeccionado con unos sacos de arpillera. Cuando amenazaba tormenta, se la ponía, salía de su casa dando voces, salíamos detrás de él una patolea de muchachos, hacia las eras de  al lado de la iglesia, y allí, de rodillas, mirando implorante al cielo, pronunciando ensalmos y otras palabras solemnes "esconjuraba" a la nube. A veces "tenía éxito" y la nube se deshacía o se alejaba sin hacer daño. Entonces se le felicitaba y el agradecía, como un torero cuando ha cuajado una buena faena.  Pero yo siempre tuve la impresión de que Bartolo no hacía aquello por que tuviera la convicción de que su conjuros fueran eficaces, si no por el gran sentido histriónico que le caracterizaba. Era un gran actor en una palabra.

Aunque yo no lo he presenciado, he sabido que andando el tiempo, cuando la tía Constantina tenía el cargo de pregonera, Bartolo, que no sabía leer, como ya he dicho, a veces la sustituía y, sin papel alguno recitaba los pregones, aunque fueran complicados. Prueba evidente de su buena memoria y de su forma de actuar con libertad y sin miramientos.

Seguramente los que lo han conocido mejor que yo y han convivido con él, en Campillo, durante más tiempo, conocen muchas más anécdotas de Bartolo. Desde aquí les animo a que las cuenten y creo yo que todos se lo vamos a agradecer.  Javier Delgado


Bartolomé López.

Alguna vez escribí, en nuestra querida Web Campillanos.com, un articulillo sobre este entrañable personaje campillano: pastor de cabras, cazador de tajugos y gran exconjurador de nubes y tormentas. Decía entonces que, incluso, había ejercido de pregonero “real”, es decir auténtico, de Campillo. Pues bien esta foto, que me remite Jesús Delgado, quien a su vez la ha recibido de Ángela –hija de Ana María y nieta de Samuel y Basilisa- demuestra fehacientemente, que así fue. Está dedicada a todos nosotros por él mismo, lo cual demuestra que sabía firmar, aunque con cierta dificultad. Es un pequeño homenaje que, por mi parte, deseo tributar a su memoria.
                            Javier  Delgado.
21.11.2012

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