Jesús Delgado - Campillanos.com

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Jesús Delgado

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14-01-2010

Me han encantado las fotos del pueblo nevado, pues me han recordado los tiempos en donde se cubría de nieve el pueblo y los chavales , cepo en mano , nos hinchábamos de cazar pajarillos que caían como moscas. No había más que echar algo de estiércol sobre el blanco de la nieve y poner a pelo los cepos , en menos que canta un cuco los pájaros veían la mancha negra y picaban el poco pan que poníamos . Era un disfrute. Eran los divertimentos que teníamos en aquella época y que recordamos con nostalgia y a la vez con alegría. Un campillano de nacimiento y de corazón.

08-01-2010

Veo que hay una sección dedicada a las setas. Yo las cogía cuando era chaval , me enseñó bien mi padre, por todos los sitios. No había muchos aficionados, pero veo que ahora si que los hay. Las cogía por cerca de la laguna Onda, por las Turquillas, por la Serrana. Bajando por la Virgen del Pilar por la rambla había algunos trozos en donde se cogían. Ahora no se la zona por donde se cogen , pero si alguien me lo explica , me gustaría mucho, porque veo que hay muchos aficionados. Yo aquí en Madrid he seguido la costumbre , que me encanta , y las he cogido , me refiero a las de cardo, por muchos sitios, pero fundamentalmente por el Molar, que había muchísimas y por el monte del Pardo , donde sigo yendo todos los años. Aprendí con el tiempo , no lo sabía , que también se cogen en primavera, aunque hay menos. Buena y sana costumbre que ahora practica mucha más gente que antes. La seta de cardo es una de las mas apreciadas y con migas , todo les viene bien a las migas, estaban riquísimas. Un campillano de nacimiento y de corazón. Jesús Delgado.

14-12-2009

En la sección de curiosidades o de fotografias , se hacen comentarios de las escuelas viejas. Allí aprendí yo mis primeras letras(recuerdo con especial dificultad el trazado de la letra s), de la mano de mi padre , el maestro Mariano Delgado Gómez. La maestra era mi madre, Natividad Calvo Contreras. Fueron maestros del pueblo unos 23 años , hasta el año 1963, que se trasladaron a Moncada , en Valencia. Efectivamente debajo de esas escuelas , una de chicos y otra de chicas,se abrió durante la época de mi niñez (tendría yo unos seis años )otra escuela de párvulos , cuya primera maestra llegó de Campisábalos, creo recordar .Ya no se cuantos años permaneció abierta. Esto nos da idea de la muchachada que habia entonces en el pueblo , que podía surtir a tres escuelas : chicas, chicos y párvulos . Yo calculo que en total habría casi 100 niños distribuidos en esas tres clases. Recuerdo todavía que las escuelas de chicas y chicos tenian un suelo de tarima y la de parvulos , que estaba en la parte inferior tenia el suelo de cemento , con dibujitos de cuadraditos como si fuera de ese suelo que ahora se llama de punta de diamante, pero menos pronunciados, hechos seguramente con algún tipo de arpillera . En principio el local de la escuela de párvulos era un salón al que se accedía por la puerta de entrada a la secretaría, pero se tabicó esa zona y se abrió la puerta a la escuela de párvulos por el acceso a las otras escuelas. Quedó entonces un pasillo de acceso a la secretaria del pueblo , que por cierto estaba a un nivel más bajo que la planta de la escuela de párvulos. Aún recuerdo el teclear de la máquina de escribir de la secretaria, que era de color negro. El secretario venía a sus labores desde otro pueblo en una moto Montesa que a mi me parecía una maravilla. La aparcaba en la plaza y era la admiración de todos. Antes hubo otro secretario que creo se jubiló y dió paso a este más joven de la moto. Son historias que todavía recuerdo , y son ya casi de la época de las cavernas. Como siempre digo , un campillano de nacimiento y de corazón: Jesús Delgado Calvo. Saludos a todos los campillanos.

06-12-2009

FELIZ NAVIDAD

Aunque quedan algunos días para las navidades, quiero felicitar las Pascuas a todos los campillanos. Recordar a su vez que no se si se hace ya la hoguera en el día de la Nochebuena, en la plaza, entonces de tierra. Cuando yo era chaval pasábamos todos los chavales, toda la mañana y tarde del día de Nochebuena recolectando gavillas de leña para la hoguera. Las pedíamos casa por casa y nos encontrábamos con respuestas para todos los gustos. Personas simpáticas y desprendidas que nos daban a los chavales la leña con sumo agrado y otras que nos daban con la puerta en las narices. Pero a estos muchas veces les robábamos las gavillas de leña de sus barderas sin que tuviesen ningún conocimiento de ello, en pago a su racanería. Siempre recogíamos gran cantidad de leña y se hacia un buen montón en la plaza. En mitad del montón de leña de la hoguera poníamos el TARANGALLO, palo grande y que coronaba la gran hoguera. Siempre había disputas de cuando había que encenderla pues unos eran partidarios de hacerlo ya y otros querían siempre esperar un poco más. Pichi, que en paz descanse, solía ser más decidido y era casi siempre en mi época por lo menos, el más instigador para pegarle fuego. Como era el mayor o de los mayores, casi siempre imponía su criterio. Pero bueno, eso es lo de menos, lo demás era el jolgorio que se montaba alrededor de la hoguera y el calorcillo que daba , porque de verdad hacía un frio que producía hasta sabañones, muy grande. Además los braseros se surtían esa noche de las ascuas del rescoldillo de la hoguera. Después a la misa de gallo. Tiempos preciosos y que gusta recordar. Un campillano de nacimiento y de corazón. Feliz Navidad a todos. Jesús Delgado.



VICENTE  “El Sacristán”

Vicente López López,  vió la luz un 9 de febrero de 1921 y falleció el 29 de septiembre del 2003 a los 82 años.
Era el hijo mayor de Antonino  y Dionisia.    
Hermano de Bene, Alejo  y Marcelino.       
Marido de Beatriz Martínez, hija de Ruperto e Irene.
Vivían -todavía lo hace su esposa-en la Plazuela, en la casa aledaña a la que ocupan en sus días de verano María Luisa y Paco, su marido, amigos míos de la infancia. Una casa con un “gran corral”, según me parecía a mí entonces, delante de la casa. Recuerdo aquella puerta con su cortina de  palitos, ondeando con el aire...
Cuando se casaron Vicente y Beatriz, vivieron un poco más arriba de la fuente nueva, en una casa que linda con la calle que sube hacia la calle de la Amargura, creo que se llama, la calle donde ahora está la casa rural de María. Esta casa tenía un pequeño pasillo desde la calle hasta la entrada de la vivienda.
Me gustaba mucho escuchar a Vicente. Lo recuerdo participando en una conversación, debajo de la olma que había al lado del puente de la iglesia, en donde se reunían a su sombra, gran cantidad de personas en amena conversación, durante los días del verano.
Recuerdo incluso la conversación pues hablaban de cine, que yo en aquella época desconocía, pues el cine en Campillo, como en tantos pueblos de España, era asignatura desconocida. No sé el motivo de la conversación, pero él citaba la película del “Ángel Exterminador”. Es una película de Luis Buñuel producida en México, allá por el año 1962,  por Gustavo Alatriste y protagonizada por Silvia Pinal (esposa del productor), Enrique Rambal y Claudio Brook. Fue realizada tras el éxito internacional de Viridiana, también producida por Gustavo Alatriste e interpretada por Silvia Pinal. Reseña que yo he sacado de internet y que por lo tanto, nada dice de mi cultura sobre el  séptimo arte.
En una de esas conversaciones y en esa olma del puente, se hablaba mucho de Madrid y se intentaba situar las calles con cierta precisión. Vicente conocía bien Madrid, por lo que recuerdo de aquellas conversaciones. Pero participaba en la conversación sin rivalizar demasiado con ninguno de los contertulios. Allí oí por primera vez el concepto de semiesquina, pues se decía con énfasis algo así como: “esa calle hace semiesquina con...” Nunca supe lo que significaba ese concepto de semiesquina. Tampoco yo conocía Madrid y sus calles me sonaban a chino. La verdad es que el diccionario de la Real Academia no contempla semejante vocablo. No sé si está bien expresado o no, para significar que la esquina pertenecía a ambas calles. Pero para mí aquello era incomprensible. En esas conversaciones se pretendía ser un ilustrado en el callejero madrileño, eso era un verdadero título, que daba prestancia y prestigio. Se llevaban la contraria con vehemencia y cada uno pretendía “demostrar que sabía más de Madrid que el otro”.
Vicente era un hombre sencillo pero muy culto. Creo que en sus años jóvenes había estudiado en el seminario, de ahí su cultura y su afición a la música. Era un músico excelente. Yo recuerdo con verdadera satisfacción sus misas al órgano, misas cantadas y acompañadas por ese órgano que todavía subsiste en Campillo. Mis recuerdos de él son varios: sus misas cantadas, su paciencia con los chavales que le daban al fuelle del órgano y su repiqueteo con la campana pequeña para tocar al rosario y al vía crucis, además de llevar en las procesiones aquella inmensa farola que iba delante de todas las demás. El monumento de Jueves Santo y Viernes Santo era otra de sus misiones.
Las misas cantadas eras épicas. Yo siempre recuerdo a Vicente dirigiendo a los seminaristas que en época de vacaciones le acompañaban rodeándole en aquel teclado del órgano, y cantando a coro esos cánticos litúrgicos que a mí me sonaban muy bien. Eran esas misas de aquellos días tan sonados (Misa de Angelis), cantada el día del Corpus Christi, el día de la Asunción de la Virgen o el día 8 de septiembre, día de la Virgen de la Antigua, ahora trasladado al día 24 de agosto. El Kyrie Eleison, Christe Eleison…, el Gloria, El Credo in unum Deum, El Sanctus, El Pater Noster , El Agnus Dei qui tollis peccata mundi…de ese canto gregoriano resuenan todavía en mi oído y me saben a eso mismo, a gloria.  Las misas daban una solemnidad especial a aquellos días, y los chavales escuchábamos cuando éramos pequeños,  con verdadera devoción, en aquellos bancos especiales y pequeños que ocupábamos, delante, en la nave transversal de la iglesia y a la izquierda de la misma, pues a la derecha se ponían las mozas,  y después ya más mayores, cuando podíamos subir al coro, desde la barandilla del mismo mirando hacia el altar mayor. Eso ya era un privilegio.
No soy entendido en liturgia pero si algo me quedó de aquellas vivencias de entonces,  es el valor formativo que siempre he dado a estos actos, aquella liturgia completada con ternos que los sacerdotes vestían en días de solemnes y que Vicente preparaba de antemano. Ponía encima de aquellos inmensos muebles (de inmensos cajones)  de la sacristía donde se guardaban bien colocados,  sabiendo el color que correspondía a las distintas etapas religiosas del año (verde, blanco, rojo, morado, negro)  y a los días festivos respectivos y de difuntos.
Yo lo observé como monaguillo en muchas ocasiones y me fijaba en la destreza con que colocaba aquellos ornamentos siguiendo un orden preestablecido: el manípulo que luego pendía del brazo izquierdo, el alba, el cíngulo, la estola, la casulla, etc.
 
Colocado encima de aquellos muebles de madera, bien ordenados y dispuestos para que los sacerdotes se vistieran con aquel solemne ritual, para la celebración de la misa… “Hoy hay misa de tres” solía decirme.
Efectivamente tres sacerdotes celebraban aquellas misas tan solemnes.
En Campillo siempre había sacerdotes en abundancia, es el pueblo de los curas, según reza en el refranero popular. Eran unas misas verdaderamente especiales y preciosas.
El Kyrie y el Gloria, eran especialmente emocionantes y aunque las misas se alargaban mucho más que las misas rezadas, de verdad que daba gusto oir aquellos cánticos tan bonitos. Como detalle que a mí me chocaba mucho durante la Consagración, era observar cómo el órgano disminuía su sonoridad y se tornaba mucho más silencioso y armonioso, como queriendo acompañar ese momento supremo de la misa y a la vez dar realce al mismo. De pequeño no te das cuenta de lo que ves y oyes, pero cuando eres mayor valoras de verdad todos aquellos momentos, como épocas muy formativas y que dejan una impronta especial para el resto de la vida. A este respecto recuerdo como muy aleccionadores los comentarios de mi padre, que siempre alababa las virtudes de Vicente como pianista. Verdaderamente lo hacía como nadie.

A mí me causaba una especial emoción la puesta del túmulo  que siempre como sacristán colocaba él. Tenía unas dimensiones bastante grandes. Aquel armazón de madera, vestida de paños fúnebres de un color morado y obscuro, que se erigía para la celebración de las honras de los difuntos,  lo colocaba él en el centro de la confluencia de la naves de la iglesia, en medio de aquellos bancos que entonces había en donde se sentaban en días solemnes de Semana Santa los concejales y el alcalde. Colocaba la estructura de madera, fría y sin vida y lanzaba encima de ella con acierto y con decisión aquella tela morada con una cruz  dorada en el centro, que hacía que aquel armazón cobrase vida, se había transformado en algo con sentido profundo y vivo. El ambiente se había transformado. En esos mismos bancos las niñas y los niños recitábamos , uno enfrente del otro los capítulos del catecismo del Padre Ripalda, creo que en los días de la Cuaresma. Costumbres perdidas para siempre.  
Los  cantos religiosos de la Semana Santa yo los recuerdo con claridad.  Los días anteriores a Jueves Santo se cantaban, creo  yo, las completas, que me causaban una gran impresión, y de las que todavía me acuerdo, y Vicente  con el órgano entonaba aquellos cantos religiosos, por entonces siempre en latín,  que para mí eran muy profundos y algo “sobrecogedores”.
Daban un sentido muy trascendente a aquellos momentos. El órgano no volvía a tocarse desde el Jueves Santo hasta el Domingo de Resurrección.
Su paciencia con los chavales me gustaba mucho. Me daba una gran confianza y además de eso me daba responsabilidad. De todos es sabido que el órgano funcionaba con el aire de un fuelle anejo al habitáculo del teclado. Ahora me imagino que todo será eléctrico, entonces era mucho más rudimentario Ese fuelle lo manejábamos los chavales,  moviendo a izquierda y derecha un travesaño enorme de madera unido al fuelle, que hacía que el fuelle tomase aire. Ya se sabe de la energía  y agresividad, a la vez que inconsciencia de los chavales. Dábamos con tanta energía, que nos pasábamos de la raya y golpeábamos con el travesaño el tabique que había a la izquierda, que limitaba con el coro y la pared de la derecha. El estruendo era monumental, de tal forma que se oía desde abajo, desde la nave de la iglesia, en los bancos donde se sentaban los asistentes a los actos religiosos. Vicente  nunca decía nada, sólo cuando el porrazo era mayúsculo, y mientras tocaba el órgano con la mano derecha, con la mano izquierda nos hacía un gesto de mesura, moviendo la mano izquierda de arriba-abajo con lentitud  y sonreía a la vez, pero nunca vi en él ningún gesto de mal humor ni de recriminación. Los chavales sabíamos que nos entendía muy bien y que comprendía eso, que éramos chavales y eso me quedó grabado para siempre. Su cara de buen humor y de comprensión a la vez que de invitación a la cordura y al silencio que requería la situación era muy aleccionadora. Los porrazos a veces eran descomunales, al menos resonaban así en aquel recinto tan diminuto en donde estaba el fuelle, aquel inmenso fuelle, sólo comparable al que había en la fragua de Elías y Eusebio.
Las campanas se bandeaban (palabra que no existe en el diccionario con ese significado, sólo dice cambiarse de bando)  desde arriba, desde aquella plataforma (por cierto con algunos agujeros en el suelo que había que sortear con habilidad) que hay al lado de las mismas subiendo en la torre. Vicente no tenía necesidad de subir para repiquetear la campana pequeña, que es la que se usaba para llamar a los fieles a los distintos actos religiosos.
Desde abajo, prácticamente casi en la zona de entrada a la subida al coro, y tirando de una cuerda que estaba unida a cada campana, combinaba muy bien el repiqueteo de la campana pequeña, creo yo que con la campana grande, la campana que llamábamos gorda. Era verdaderamente rítmico y nunca se equivocaba. Nosotros nos habíamos ya acostumbrado pero su habilidad siempre me sorprendió. Él era además el encargado de  poner el reloj en funcionamiento después de los diferentes bandeos en los que se desconectaba, ese reloj que todavía subsiste y que día y noche daba y da todavía las horas y las medias horas.
Su paciencia proverbial también se manifestaba en otra ocasión de gran complejidad y que necesitaba de una dirección sabia. Me refiero a la distribución de todas las farolas que entonces había en el baptisterio y que en días como las procesiones nocturnas, con motivo de la Semana Santa creo yo recordar, sacábamos los chavales.  Había tantas farolas como cuentas tiene el rosario , es decir 50 farolas más las de los misterios , que son 5 más , que eran más grandes, más otras tres , que son las que hay antes de las letanías y después la cruz final , que era la farola que llevaba Vicente , delante de toda la chiquillería, que era una farola mucho más grande y que Vicente la llevaba siempre con la ayuda de una  correa en bandolera, que se rodeaba desde el hombro hasta la cintura , en donde se apoyaba mediante una especie de anilla metálica, porque pesaba bastante. Pues bien, Vicente vigilaba todo aquel despliegue de luminarias, de las casi 60 farolas y daba solemnidad a aquel acto tan brillante. Más de una vez tenía que retrasarse para poner orden entre los portadores de las farolas, pues las prisas propias de los jovenzuelos, y a veces la rivalidad entre ellos, hacía que se rompiese alguna de aquellas farolas, debido a los golpes inoportunos derivados de la irresponsabilidad de sus acarreadores. Siempre lo hacía con afecto y con amabilidad.  Cuando terminábamos la procesión había que recoger todas las farolas en el baptisterio y él acababa cerrando la puerta.
Momento de especial solemnidad, al menos para mí, era la puesta del monumento delante del altar mayor y en Semana Santa. Todo lo hacía Vicente. Sabía con certeza el lugar de cada pieza y una vez acabado daba un aspecto totalmente nuevo a la iglesia. Lo recuerdo atando las piezas más voluminosas para irlas subiendo, creo yo que con dos  garruchas que había colocadas en algún sitio por las paredes laterales de la iglesia, a ambos lados de la cancela que cierra el recinto del altar mayor. Las colocaba y sujetaba unas a otras e iba montando con mucho orden y tranquilidad aquel monumento que tenía sus puertas de acceso, una vez terminado, tanto al altar mayor, como a la sacristía que quedaba naturalmente por detrás del monumento. Eran días de mucho jolgorio y entretenimiento para los chavales y siempre disfrutábamos de la amabilidad de Vicente, que de vez en cuando nos daba algún encargo para que lo ejecutáramos.
Vicente era el alma de aquella actividad eclesial, era experto y paciente, artista, buen músico y que sabía dar a los actos religiosos una profundidad y una viveza que me imagino se perdió cuando él murió, no hace tantos años. Yo lo recuerdo con especial cariño, como un hombre bueno y culto, paciente y de buen talante, y muy comprensivo con todos, pero sobre todo como una persona llena de cualidades y que sabía crear a su alrededor ambiente de familiaridad y de amistad. Yo lo comenté esto mismo cuando murió con alguno de los campillanos, diciendo que sin Vicente todo sería distinto. No he vivido aquellos momentos pero pienso de corazón que habrá sido echado en falta de  una forma bien notoria.
Tenía muchas ganas de escribir en su memoria, lo había ido dejando, pero sabía que le debía este tributo, pues dejó una impronta en Campillo como pocos lo han hecho, y en mí un recuerdo grato e imborrable. Vaya pues en su memoria este pequeño homenaje.
Un campillano de nacimiento y de corazón. Jesús Delgado Calvo.




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