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María Delgado

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In Memoriam….Auda
Auda nos ha dejado. Estamos tristes por ello, pero la tristeza se mitiga por el amor y los buenos recuerdos que nos ha dejado.
Viviste con nosotros, nos cuidaste y nos quisiste tanto como nuestra propia madre, formaste parte de nuestras vidas y nuestra familia. Te quisimos mucho, probablemente  menos, de lo que merecías y de lo que tú nos querías, como siempre nos decías.
¿Cómo olvidar las vivencias compartidas?
Aquellas trenzas que nos hacías tan perfectas, que no nos despeinábamos en todo el día. Las horquillas tan ajustadas. Los bigudíes de mi primera comunión, que llevé puestos tres días y tú mojabas periódicamente, para que en el feliz día, resultaran unos bonitos tirabuzones sobre mi lacio cabello.
Los baños sobre un balde de cinc, frotando nuestras  rodillas, sucias de andar todo el día jugando con la greda y rodando por “el royo”, y llenas de grietas por los hielos del crudo invierno.
Y cuando estábamos aseados nos dabas un beso, una palmadita al culo, y decías “valéis más pesetas que tío Nicanor” (para los campillanos que me leéis no es necesario aclarar esta frase).
Inolvidables también los días que nos invitabas a dormir en tu casa. Nos disputábamos por ir y pedíamos turno.  Aquella alcoba en la habitación de arriba con una cama de bolas doradas y alta y con un colchón de lana, todo limpísimo, en el que quedábamos totalmente hundidos. Tomábamos carrerilla para subir de un salto y aún nos tenías que empujar un poquito.
Un día Auda fue solicitada en matrimonio por un apuesto joven y nos lo comunicó con timidez. Y entró Feliciano a formar parte de nuestra familia. Su boda fue para nosotros todo un acontecimiento en el que nos sentíamos invitados principales. Comimos gallina en pepitoria maravillosamente elaborada por las mujeres de la familia, en casa de la tía Ángela y tío Modesto, padres de Feliciano. La boda duró 3 tres días, como era reglamentario. El tercero, los novios subieron al carro engalanado con ramajes, “enjorguinados”. Los músicos locales amenizaban la fiesta con sus guitarras, y cómo no podía faltar, los novios,  acabaron en el pilón. Se fue a vivir a Zaragoza. La echábamos en falta.
Después vinieron José Manuel y Miguel Ángel y con ellos Elisa y Anabel  y sus 4 nietos. Ha gozado del inmenso cariño de todos hasta el último día. No se puede desear mayor dicha.
Hablé por teléfono con ella por última vez el día 15 de mayo 2013, su cumpleaños, la noté lúcida y feliz.
Adiós,  Auda. Nos dejas una huella indeleble.
María Delgado
Rocafort , (Valencia) 25 de julio de 2013

Recuerdos de Campillo

Hola campillanos:
En primer lugar voy a presentarme. Algunos me conoceréis y otros tendréis que consultar con vuestros mayores para saber quien soy. Me llamo María Delgado Calvo y nací en Campillo allá por el año 1948 cuando mis padres Mariano y Natividad ejercían de maestros en nuestro pueblo.

Vuelvo al mismo con cierta frecuencia a refrescar mis raíces. Procuro contactar con las personas más allegadas para mantenerme informada de los acontecimientos campillanos. Hace unos días mis hermanos Javier y Jesús, que ya han enviado algún escrito, me comentaron la existencia de este foro. Magnífico medio para relacionarnos y compartir recuerdos, que voy a aprovechar, procurando no cansaros.


Ahí van algunos de mis recuerdos de infancia:   "El capítulo" y "La confesión del huevo"

El capítulo

Durante la cuaresma se intensificaban  más, si ello era posible, los actos religiosos y los niños participábamos efusivamente en los mismos. El capítulo consistía en el canto del catecismo en sus distintos apartados (capítulos) después de cenar, en la iglesia. A tal efecto dos niños subíamos a los dos grandes bancos "de la  justicia" para ser vistos y oídos por el resto de los asistentes. No había micrófonos y altavoces en aquellos tiempos. Uno de los niños preguntaba y el otro respondía: - dime niño ¿cómo te llamas? - me llamo María……etc. Y seguíamos. Cuando finalizaba la ceremonia nos felicitaban y nos obsequiaban con huevos de gallina o de pata, que también los había. Esa noche dormíamos felices por haber superado el trance con éxito.


La confesión del huevo

También tenía lugar  durante la cuaresma. Los niños que no habíamos tomado la primera comunión, nos confesábamos colectivamente en la sacristía. Tomábamos asiento en las sillas colocadas alrededor de la estancia y con la inocencia de la edad, contábamos nuestras fechorías. Para asistir a esta ceremonia íbamos decorados con escapularios prendidos al pecho con imperdibles. Recuerdo que un año mi madre no tenía suficientes imperdibles para tantos chavales como éramos y fijó los escapularios de mi hermano Jesús con unas puntadas. Cuando acabó la confesión, con la prisa de irse a jugar, se deshizo de los escapularios con un tijeretazo dejando el jersey cual colador.


Trataré de exprimir mi memoria y compartirla  con vosotros. Os animo a participar.

Saludos afectuosos para todos, desde Rocafort, Valencia

       María Delgado Calvo


02-09-2010

Hola campillanos:

Ahora que ya estaréis de vuelta de las fiestas de nuestro pueblo y con conexión a internet, quiero reanudar el dialogo con vosotros como prometí. No sé si sabíais de la afición de mi padre, Mariano Delgado, por escribir poesías, es probable que sí, pero seguro que no las habéis leído. En varios cuadernos tenía los manuscritos que Javier ha pasado por ordenador y nos ha obsequiado a cada uno de los hermanos. Comprenden poemas fechados desde los años 1930 hasta su fallecimiento en 1995, con 90 años. Entre ellos hay varios que aluden a Campillo. No tengo criterio para juzgar su valor literario pero sí  el afectivo que seguro que compartís. Desde ese afecto voy a enviarlos en  varias entregas, son muy extensos, para que los disfrutéis.

¡¡Ahí va el primero!! Campillo cuando te veo…..

Un abrazo desde Rocafort, Valencia,
María Delgado

 
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